El Triángulo de Sierpinski

En la naturaleza todo sigue un orden: árbol, rama, hoja; pulmón, bronquio, alveolo. Hasta la secuencia genómica. Y todas estas relaciones tienen un nombre: fractales.

Todo lo que ocurre en lo pequeño tiene su reflejo en lo grande. Una acción que termina por convertirse en un hábito, y luego ese hábito es quien construye nuestra identidad. Los fractales no juzgan, solo replican.

Como los triángulos de Sierpinski: una figura que nace de un gesto simple, de dividir y eliminar, y que, al repetirse una y otra vez, construye una forma compleja, coherente y reconocible. Cada triángulo contiene al anterior y anticipa cómo será el siguiente.

Nada es aislado, todo está relacionado. Porque, como reza mi mantra de vida y de investigador: Nada se crea, nada se destruye: Todo se transforma.

Ahí es donde entramos: en el punto pequeño. En la decisión mínima, en el gesto cotidiano que parece insignificante, pero que al repetirse acaba dibujando una forma mayor. No controlamos el dibujo completo, pero sí el primer trazo.

Y ese trazo, como en todo fractal, lo contiene todo.

I promise.