Bad Luck
Hay algo que cambia en la energía cuando se acerca un momento de cierre; todo se vuelve más complejo, más extremo, más al límite. Es como cuando llegas al final de una cuesta: empiezas a ver el cambio de rasante, pero todavía no sabes lo que hay al otro lado. Los gemelos se tensan con cada zancada y cuesta más respirar. Solo ves un horizonte difuso donde el asfalto se funde con el cielo, como si el mundo terminara unos metros más adelante. Y entonces llegas arriba. Lo primero que haces es respirar. Jadear y llorar. Y casi darte con un canto en los dientes por haber llegado hasta ahí. Te detienes un momento. Disfrutas de las vistas. Y, a lo lejos, ya puedes distinguir la siguiente etapa. Pero frenas para saborear el momento (y digerir el empacho). Tan solo queda lo mejor: defender el trabajo bien hecho. Pero con la tranquilidad de saber que es, en realidad, un mero trámite. Con una confianza en uno mismo que hacía mucho tiempo que no sentías. Aún estás en los estertores del...