Caverna
A veces suena una canción que
no escuchabas en décadas y te revienta por dentro sin avisar. Te engancha del
cuello y te arrastra media vida atrás. Hasta esos días en los que vestías de negro y eras de la tribu oscura. Y de repente estás ahí, repasando quién
fuiste, quién eres y en qué te has ido convirtiendo con los años.
Piensas en todo lo que
cambiaste desde la última vez que la escuchaste. En lo que perdiste. En lo que
ganaste. Y en todo lo que todavía te queda por aprender.
Porque el que va por la vida
creyendo que ya lo sabe todo se está perdiendo lo mejor.
Empiezas sintiéndote el puto
amo. El rey del mundo. Intocable. Hasta que la vida te mete la primera hostia.
Luego otra. Y otra más. Y tú sin enterarte. Hasta que entiendes que no es
castigo: es aprendizaje a base de golpes.
Y si no aprendes, no pasa
nada: la vida insiste y te sigue dando hasta que espabiles.
Hasta que un día despiertas.
Y entiendes lo de la caverna de Platón.
Que llevabas años mirando
sombras creyendo que eran la realidad. Que todo era un teatro mal iluminado. Y
que ahora te toca cruzar el túnel, a oscuras, con miedo, sin mapa… hasta que te
da el sol en la cara. Y, al principio, duele. Pero merece la pena.
Nunca había pillado de
verdad esta historia filosófica hasta hoy; hasta que una botella de Mencía y
un par de copas me pusieron delante del espejo. Larga vida a Platón. Y a The Red Jumpsuit Apparatus.
