Nudos
Son tres nudos.
El
primero está en la garganta, justo después de la lengua y antes de las
amígdalas. Es como si algo se hubiera quedado atascado: bebes agua, tragas una
y otra vez, pero el nudo sigue ahí. Invisible. Persistente. Un nudo que solo
parece deshacerse con un grito.
El
segundo vive en el pecho, tirando hacia el lado izquierdo, cerca del corazón,
en el pulmón más pequeño. Cada vez que intentas llenar los pulmones, sientes
como si llevaras un cinturón apretado que no te deja respirar del todo. Y
cuando haces ejercicio, cuando el corazón se acelera, es como si el aire
desapareciera de tu cuerpo.
El último está en el estómago. Es un nudo voraz, insistente, que solo parece calmarse comiendo. Da igual qué, da igual cuánto. Funciona como un agujero negro que lo engulle todo, buscando una paz que nunca termina de llegar.
Son
los tres nudos que te atan y te aprisionan. Los que te empujan al límite. Los
que, en algún momento u otro, tienes que aprender a desatar.
