Bad Luck


Hay algo que cambia en la energía cuando se acerca un momento de cierre; todo se vuelve más complejo, más extremo, más al límite.

Es como cuando llegas al final de una cuesta: empiezas a ver el cambio de rasante, pero todavía no sabes lo que hay al otro lado. Los gemelos se tensan con cada zancada y cuesta más respirar. Solo ves un horizonte difuso donde el asfalto se funde con el cielo, como si el mundo terminara unos metros más adelante.

Y entonces llegas arriba.

Lo primero que haces es respirar. Jadear y llorar. Y casi darte con un canto en los dientes por haber llegado hasta ahí. Te detienes un momento. Disfrutas de las vistas. Y, a lo lejos, ya puedes distinguir la siguiente etapa. Pero frenas para saborear el momento (y digerir el empacho).

Tan solo queda lo mejor: defender el trabajo bien hecho. Pero con la tranquilidad de saber que es, en realidad, un mero trámite. Con una confianza en uno mismo que hacía mucho tiempo que no sentías. 

Aún estás en los estertores del esfuerzo. En lo extremo de este último sprint. En la dureza de haber tenido que focalizar, afinar el tiro y disparar. Pero disparas, aciertas y matas. Arrasas como un puto martillo.

Miras atrás y ves el camino; te permites una jornada para no hacer nada, solo para valorar lo recorrido. Para conectar con quien fuiste y reconciliarte con quien eres.

Ha ocurrido ese momento en el que el círculo se cierra y todo cobra sentido: Esos casi cuatro años en los que, si no lo hubieras sacrificado todo, si no hubieras renunciado a todo y arriesgado todo, si no hubieras expandido los límites del sacrificio personal hasta lo inimaginable, si no hubieras creído en un sueño, no habrías llegado hasta aquí. 

Si no te hubieras despojado de todo lo que formaba tu identidad, hoy no sabrías quién eres realmente. Y ahora, ya lo sabes.

Estamos de vuelta. A lo Plan T. Y qué ganas tenía de ello.