Eyes on me


Durante mucho tiempo guardaba lo que escribía. No por falta de ganas, sino por falta de confianza. Palabras que se quedaban conmigo como secretos que uno no sabe si quiere guardar o confesar.

Y entonces, estabas tú.

No sé cuándo empezó exactamente. Quizá fue aquella noche en la que levanté la vista y te vi sonriéndome. No supe si era real o si mi mente me estaba jugando una mala pasada fabricando una historia donde no la había. Pero desde entonces, siempre estabas ahí.

Las noches se repetían. Las mismas canciones, el mismo ambiente, la misma duda. ¿Sería esa la última vez? ¿La última noche contigo, aunque nunca hubiéramos sido realmente un “nosotros”? Como dice esta canción: Maybe yes, maybe no.

Había algo en tu manera de mirar; tímida y esquiva, como si tuvieras miedo de ser descubierto. Y, sin embargo, yo no podía apartar la mirada. Me pregunto si alguna vez lo supiste. Si llegaste a notar que, mientras tú evitabas mirarme demasiado tiempo, yo ya estaba completamente perdido en ti.

Siempre quise acercarme lo suficiente como para escuchar tu respiración, como para sentir el ritmo acelerado del corazón y confirmar que no eras solo una idea en mi cabeza. Quedarme ahí, en ese espacio mínimo que existe entre dos personas que todavía no se atreven a tocarse, y susurrarte todo lo que nunca dije en voz alta.

Pero supongo que hay amores que no se viven; a veces ni llegan a vivir y solo se intuyen. Se sostienen en miradas y en todo lo que nunca se dijo, pero que siempre estuvo ahí.

Si alguna vez vuelvo a ese lugar, no sé si seguirás en la esquina, apoyado en la verja de aquel café, haciéndome compañía. No sé si habrá otra última noche. Pero sí sé esto: que no dejaría escapar la oportunidad de demostrarte cuánto te llevo en el corazón.