Libre como el mar


En ocasiones hay quien se llena la boca hablando de libertad, pero la mayoría de la gente lo que realmente quiere es la comodidad: que otros piensen por ellos, que les digan qué está bien, qué está mal y hasta con qué deben indignarse esta semana.

La libertad no consiste en hacer cuatro tonterías “porque me da la gana”. Eso no es libertad, eso es ser esclavo de los impulsos. Ser libre es algo bastante más incómodo: es pensar por tu cuenta aunque te equivoques, es arriesgarte, ganar, fracasar y aprender; es elegir tu camino aunque no encaje con el rebaño, y es aceptar que nadie puede vivir tu vida por ti.

No elegimos las cartas que nos reparte la vida. Pero sí elegimos cómo jugarlas. Ahí está la diferencia entre quien vive en piloto automático y quien realmente toma el control sobre sí mismo.

Siempre será más cómodo obedecer, repetir consignas y dejarse llevar por la corriente que mantener la presencia en ser uno mismo.

Al final, ser libre es una opción que tiene un precio: responsabilizarte de lo que haces y de quién eres. Y por eso tanta gente prefiere seguir lo que les digan antes que pensar. Porque pensar cansa, y vivir de verdad, también.

Pero, como decía Nino Bravo, él era libre como el mar; y la mar no entiende que decidan por ella.